martes, enero 31, 2006

En todas partes, belleza y delirio




Como la hierba izada por las sombras, bullió la tierra aquella ocasión en que nos enteramos de que Nínive, opípara mujer extraña, alcornoque mamaria, y dueña de un traste que hasta los burros espiaban, se cruzó (para mayor embrollo de las cosas) con un vándalo contumaz, impensado, que la amó de pie, recia y magistralmente, y que luego de explayar las crines de su soberbia, desapareció tal como vino: cogido a la cola de un pestilente verraco. Supimos que el acoplo resultó macabro, feroz, violento igual que el traqueteo de la lluvia, y que un pajarito celeste que piaba en la cúspide de unas ramas, púsose azorado, anormal y mudo para siempre. Y el fruto que despidió aquel fugaz amorío, consistió en una criatura granujienta, medrosa, ahíta de fealdad, semblante color zurullo, aspecto miserable, de expresión impersonal y una mirada llena de fuego, rabia, que se llamó Isaac Santiscario. Conocido más tarde como el ángel y demonio, en efecto.

Comienzo de la novela En el bosque un ángel y demonio, de Reinaldo Edmundo Marchant, Ediciones Mar del Plata, ¿1989?

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